Y un cielo rojo
Sale y se sienta frente al piano, se cruje los dedos y durante una fracción de segundo observa la tapa levantada. Luego coje aire como quien coje impulso y empieza a pulsar las teclas. Y se hace el súbito silencio, aunque dudo de que se haya dado cuenta. Incluso los ruidosos niños de la primera fila callan durante un momento sin saber muy bien por qué.
Desde el fondo de la sala, lo observamos con la admiración del que no hizo lo que debía cuando pudo, del que nunca tuvo la oportunidad. Y entre la fascinación general hay una punzada de envidia. Pero, sin embargo, también somos nosotras las que miramos con odio intenso al crío que no para de hacer ruido y al que su progenitor no atiende. Somos nosotras las que apartamos la mirada, que no el oído, de una canción que ya conocemos de escucharla en los pasillos al mismo altísimo volúmen. Con la misma vertiginosa velocidad a la que se desplazan ahora sus manos sobre las tablas blancas y negras. Y vuelvo a envidiar eso que no sé si es capacidad para ignorarnos o sobervia altanería, porque ninguna tuve. Ni las pude lograr.
Pero al final termina. Y yo me doy cuenta porque la gente aplaude. En la otra punta, saluda levemente, con tímidez extrema. Me reconozco ahí. No queriendo escuchar lo que no crees merecer. Y luego, rápido, desparece de la sala por la otra salida. A toda velocidad recorre los dos lados del rectangular edificio y levanta la cabeza para saludarnos. Nosotros también la levantamos. Y nos quedamos mirando como su padre, casi frente a las escaleras, le pasa una mano por encima del hombro y le da palmadas en la espalda mientras él intenta escurrirse. Simplemente no quiere que nadie lo felicite. Y eso incluye al resto del mundo.
Al mismo tiempo entre el bullicio de la gente al levantarse oigo a alguien comentar lo bien que lo ha hecho. Camino del aula, le doy la razón. Cojo el trasto y me lo cuelgo a la espalda. Pesa como un muerto.
Sara espera frente a las escaleras y casi no la veo. La verdad es que, en casi cuatro años, apenas he hablado con ella. Me ha costado una sola tarde descubrir lo bien que me cae. Ya lo podría haber hecho antes.
Al bajar a la calle, hace frío y me froto las manos, por la costumbre más que nada, mientras ella se ata el abrigo hasta el cuello. Hay mucha niebla pero las bombillitas están ahí, en alguna parte, difuminadas. Y bajo un cielo rojo, teñido de luces escondidas, volvemos a casa hablando de sinsentidos.
Desde el fondo de la sala, lo observamos con la admiración del que no hizo lo que debía cuando pudo, del que nunca tuvo la oportunidad. Y entre la fascinación general hay una punzada de envidia. Pero, sin embargo, también somos nosotras las que miramos con odio intenso al crío que no para de hacer ruido y al que su progenitor no atiende. Somos nosotras las que apartamos la mirada, que no el oído, de una canción que ya conocemos de escucharla en los pasillos al mismo altísimo volúmen. Con la misma vertiginosa velocidad a la que se desplazan ahora sus manos sobre las tablas blancas y negras. Y vuelvo a envidiar eso que no sé si es capacidad para ignorarnos o sobervia altanería, porque ninguna tuve. Ni las pude lograr.
Pero al final termina. Y yo me doy cuenta porque la gente aplaude. En la otra punta, saluda levemente, con tímidez extrema. Me reconozco ahí. No queriendo escuchar lo que no crees merecer. Y luego, rápido, desparece de la sala por la otra salida. A toda velocidad recorre los dos lados del rectangular edificio y levanta la cabeza para saludarnos. Nosotros también la levantamos. Y nos quedamos mirando como su padre, casi frente a las escaleras, le pasa una mano por encima del hombro y le da palmadas en la espalda mientras él intenta escurrirse. Simplemente no quiere que nadie lo felicite. Y eso incluye al resto del mundo.
Al mismo tiempo entre el bullicio de la gente al levantarse oigo a alguien comentar lo bien que lo ha hecho. Camino del aula, le doy la razón. Cojo el trasto y me lo cuelgo a la espalda. Pesa como un muerto.
Sara espera frente a las escaleras y casi no la veo. La verdad es que, en casi cuatro años, apenas he hablado con ella. Me ha costado una sola tarde descubrir lo bien que me cae. Ya lo podría haber hecho antes.
Al bajar a la calle, hace frío y me froto las manos, por la costumbre más que nada, mientras ella se ata el abrigo hasta el cuello. Hay mucha niebla pero las bombillitas están ahí, en alguna parte, difuminadas. Y bajo un cielo rojo, teñido de luces escondidas, volvemos a casa hablando de sinsentidos.
Y los pájaros piaban: "Bittersweet Simphony" The Verve


